-¡Cuéntame la historia del caballo,abuela!
Mi abuela se sobresalta.
-¿Otra vez? ¡Pero si te la sabes de memoria, Barbara!
Es verdad. Me han contado esa historia ya más de diez veces, pero no me canso de oírla. Por otra parte , a la abuela también le gusta contármela: en cuanto se lo pido, se emociona y le brillan los ojos.
Nunca he conseguido saber si porque le produce emoción o pena. Tal vez un poco de las dos cosas...
No hace falta suplicar a la abuela: se instala cómodamente en su bonito sillón - un mueble muy antiguo, que parece chino: cubierto de cojines, de mantones, de flecos- y me abre los brazos. Yo, acurrucada contra ella, soy todo oídos: si fuera un gato, me pondría a ronronear.
- Ocurrió hace setenta años, en junio de mil novecientos veintisiete exactamente. Yo tenía tu misma edad y un sueño, un sueño muy importante: llegar a ser amazona en un circo...
Se le escapa un ligero suspiro cargado de nostalgia. La abuela nunca fue amazona: lo que tiene a sus espaldas es una larga carrera como contable.
- En aquella época no había, como ahora, centros de equitación donde los niños aprendieran a montar a caballo. La equitación era un lujo reservado a los ricos, que podían comprarse sus propios caballos. Pero nosotros éramos gente modesta. Mi madre, que desde la muerte de nuestro padre se había quedado sola para criarnos a mi hermano Luis y a mí, se mataba a trabajar para que no nos faltase de nada.
Se le escapa otro suspiro. La abuela se pierde en sus recuerdos: la voz se vuelve opaca y la mirada lejana.
- Sin embargo, el día de mi cumpleaños...
Cierro los ojos: es como si tuviera una pantalla de cine en la cabeza, y en ella las palabras de la abuela aparecen en forma de imágenes. Veo el comedor decorado con guirnaldas y, encima de la mesa, la tarta con sus diez velitas. Delante hay dos niños con cara maravillada: son Luis y María (la abuela). No me cuesta nada imaginármelos; sus fotos están en el álbum familiar.
Luis tiene un año más que su hermana. Del pantalón corto, que le viene grande, le salen unas piernas flacas, de rodillas pronunciadas y llenas de magulladuras, con unos calcetines caídos. María está peinada << al estilo inglés>>, con tirabuzones rubios, atados con una cinta, que le caen sobre los hombros y le tapan casi por completo el cuello de encaje. De la falda plisada sobresale un trozo de enagua blanca. Lleva medias negras y botines con cordón.
- ... El día de mi cumpleaños mi madre me hizo un regalo fabuloso, un regalo que le había costado todos sus ahorros, e incluso más. Me tomó de la mano y me llevó hasta el cobertizo del jardín donde se guardaba la máquina para cortar el césped. Y allí...
La abuela se para un momento para prolongar el suspense.
- ... Allí, donde estaban las herramientas, adivina lo que encontré...
Ya lo sé, pero pongo cara de no saberlo: forma parte del rito.
- ¿A qué no lo adivinas, Barbara?
Muevo la cabeza afirmativamente. Mi abuela tiene una sonrisa de niña traviesa, la sonrisa de la pequeña María del álbum.
- ¡Un ca-ba-llo!- articula con alegría.
Aplaudo con las dos manos.
-¿Un caballo de verdad?
-Sí, Barbara, un caballo de verdad. Bueno era mas bien un potro, pelirrojo, con la crin negra y el hocico rosa y tibio... No puedo explicarte lo que feliz que me sentí ese día...las palabras no son suficientes. Era...era el día más feliz de mi vida. Lloraba y reía a la vez. Corrí hacía mi madre sin saber como darle las gracias, y a mí regalo le pusimos el nombre de Céfiro.
-¡Vaya nombre más raro,abu!
-La mayoría de los jinetes ponen nombres de vientos violentos a sus caballos: Tempestad, Huracan, Tifon, Ciclon...
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